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domingo, 20 de noviembre de 2022

Senda de la traída de aguas de la fuente de Muneta. De Arbeiza a Eulz

Domingo 27 de noviembre de 2022


Salida a las 10,30 desde el frontón de Arbeiza
Regreso hacia las 13,30
Unos 8 kilómetros, caminos y senderos fáciles.

 

Recorrido
Salimos como siempre del frontón y bajamos hasta el puente para seguir hacia Zubielki. Desde
el centro del pueblo subimos al antiguo depósito de agua. Allí veremos las estelas funerarias y
el repartidor de aguas. Seguiremos subiendo todo el tiempo por una senda y por caminos que
rodean la falda de Belástegui hasta legar al depósito y repartidor de Eulz. Visita del pueblo de
Eulz y vuelta por el mismo sitio hasta Arbeiza.
Variante posible: Sin visitar Eulz, subir a Belástegi por la carretera hasta la cima. Bajar por la
senda directo hasta la antigua tejería de Zubielki.
 

Arbeiza, como la mayoría de los pueblos, no tuvo agua corriente en las casas hasta mediados
del siglo pasado. Cada día tenían que ir al lavadero a por agua con cántaros de barro que ya
ellos solos pesaban un montón. A veces subían el agua con burros o caballos pero también
sobre la cabeza y eran las mujeres las encargadas de esta durísima tarea.
En los años 40 del siglo pasado, Pedro Antona Pascual, alcalde de Arbeiza y los
correspondientes de Zubielki y Eulz, constituyeron una especie de mancomunidad para
comprar una fuente al pueblo de Muneta y traer el agua desde ese pueblo. Para ello tuvieron
que construir una conducción de tubo de uralita y un depósito en cada pueblo. Después, la
canalización por las calles y la acometida a cada casa. Para la época era una obra descomunal
pero la hicieron. Este servicio comenzó el año 1948 y terminó con la entrada de estos tres
pueblos en la Mancomunidad de Montejurra y la cesión de la fuente a esa entidad.
De aquella conducción quedan algunos restos: Junto al depósito de Eulz hay un repartidor del
caudal que venía de Muneta (un tercio del agua se quedaba en ese pueblo y el resto seguía
hasta Zubielki donde, de nuevo, encontramos el siguiente repartidor que dividía a medias el
agua entre Arbeiza y Zubielki.
El agua sobrante se recogía en una balsa (Eulz y Arbeiza) o se encaminaba a un pilón en medio
del pueblo (Zubielki). Los depósitos de Arbeiza y Zubielki se quitaron al construir el nuevo de
Berokia. Así desapareció también la balsa de Arbeiza y el pilón de Zubielki.
 

Curiosidades 

Los de Arbeiza “brujos” y los de Zubielki “gitanos”. Sabemos por qué nos llaman
brujos pero ¿de dónde les viene el apodo de gitanos a los de Zubielki? Parece ser que el pueblo
se encontraba antes en el montico del depósito de agua. Un gitano hizo que bajaran al llano y
de ahí les viene el nombre. Al lado de los restos del depósito hay una cruz con unas estelas
discoideas de uso funerario empotradas con cemento.

sábado, 7 de abril de 2018

50 años sin el TRENICO

El próximo sábado día 14 de abril a las 19:30, tendrá lugar una proyección audiovisual sobre el antigüo tren del Ferrocarril Vasco Navarro, del que se cumplen 50 años de su desaparición.
Tendremos oportunidad de ver fotografías de las estaciones del tren y de los pueblos por los que pasaba, etc, así como entrevistas a tanto a personas que lo utilizaban, como aquellas que en él trabajaban.
El documental tiene una duración aproximada de 90 minutos.
Trenbide estuko Vasco-Navarro ferrokarrilaren argazkiak (geltokiak, ibilibidea, herriak...)
Tren honetan lan egin zuten eta bidaiatu zutenekin elkarrizketak.
Ikus-entzunezkoaren egile eta ikustera joaten direnen arteko solasaldia.
Dokumentalaren iraupena: 90 minutu.


Colabora/Laguntzailea: Vasco-Navarro Ferrokarrilaren Lagunak - Asociación VV Ferrocarril Vasco Navarro
Organiza/Antolatzailea: Usua Etxeko Lagunon Elkartea

lunes, 20 de junio de 2016

Se puede hablar: Taller sobre la guerra civil española del 36

(*)"Este taller fue organizado por la Asociación cultural “Amigos de Casa Usua” de Arbeiza. Este pueblo que tiene 176 habitantes, se sitúa  a tres kilómetros de Estella, en la Zona media de Navarra. Jose Carlos Oroquieta miembro de dicha Asociación, se puso en contacto con Rosario Estefanía Payret Blasco para su organización. Ambos se pusieron en contacto con Goyo Armañanzas Ros para la coordinación de la tercera sesión.  Las tres sesiones se realizaron en la Casa de Cultura de Arbeiza y contaron con el apoyo del Concejo.
Nuestro  objetivo al organizar un taller de tres días fue el que los asistentes investigaran sobre sus historias familiares en la Guerra Civil y lo pusieran en común. Poder expresar sus sentimientos, realizar una “descarga” en el grupo que libere de silencios, rencor, miedos acumulados e ideas preconcebidas erróneas, basadas en una historia “de parte” contada por los vencedores. Una sanación interna, individual,  que nos permita un cierre de conflicto personal.
Ya sabíamos de las dificultades de un taller de estas características en un pequeño pueblo.
Hemos intentado que todas las sesiones sean participativas y que todos los asistentes opinen, cuenten, expresen sus dudas, no queríamos monólogos, ni escuchantes. Hemos procesado cada sesión para establecer la siguiente.
Hemos intentado analizar las reacciones de los asistentes y marcar un camino para conseguir una aceptación interna de lo ocurrido. A veces nos centramos en pedir, lícitamente  y con todo el derecho, reconocimientos externos, que en muchos casos no llegan, en otros llegan tarde y mal y no somos capaces de realizar un recorrido individual, interno, para llegar a ese reconocimiento  propio, vital, emocional, que nos lleve a la meta personal de dar por finalizado el conflicto.
Los colaboradores que han gestionado las diferentes sesiones lo han hecho de manera desinteresada."
______________________________

(*) Extractado por Rosario Estefanía Payret Blasco, José Carlos Oroquieta  y Gregorio Armañanzas Ros

Resumen de las tres sesiones. Seguir leyendo

jueves, 17 de marzo de 2016

Taller de Investigacion sobre la Guerra Civil española (y 3)


Os invitamos a asistir  a la tercera sesión de las Jornadas de Investigación sobre la Guerra Civil de 1936, el próximo sábado, día 9 de abril. Esta sesión, coordinada por Estefanía Payret Blasco, tratará el tema del trauma transgeneracional de la guerra civil. contrastando posiciones vitales e ideológicas diferentes para hablar de ello francamente y así poderlo transcender.
El programa y horario de esta sesión será el siguiente:
19:00   Apertura de la sesión a cargo de Estefania Payret
19:10   Proyección del corto "Los  Rojos Zumaques", presentado por Olaia Santxez
19:30   Gregorio Armañanzas Ros, psiquiatra y psicoterapeuta, experto en el trauma emocional de la Guerra Civil a través de las generaciones, autor de varios artículos y una novela sobre este tema ("Fantasmas de nuestra guerra", Edit. Eunate), será el responsable de esta sesión durante 90 minutos. Pretendemos una sesión participativa, con interacción de los presentes, que nos ayude a entender lo ocurrido y sus consecuencias en las siguientes generaciones.
21:00   Cierre del Taller.

TITULUA: Barkamena
KOORDINATZAILEA: Estefania Payret Blasco
NOIZ: Apirilak 9
NON: Arbeitzako Usua Kultur Etxean
EGITARAUA:
19:00etan: Saioaren aurkezpena, Estefania Pairet-en eskutik.
19:10ean: “Los Rojos Zumaques” laburmetraiaren proiekzioa, Olaia Santxez-ek aurkeztua.
19:30ean: Gregorio Armañanzas Ros, psikiatra eta psikoterapeuta. Gerra Zibilak belaunaldietan zehar eragindako trauma emozionalean aditua. Gai honen inguruan artikulak eta nobela  bat (“Fantasmas de nuestra guerra”, Eunate argitaletxea) idatzi ditu.
21:00etan: Tailerraren itxiera.

lunes, 22 de febrero de 2016

Las viejas escuelas rurales, por Joaquín Mª Boneta

El año 1943 fue un año forzosamente sabático para mis estudios. Había aprobado en Madrid el primer curso de ingeniería, pero los desatinos que nuestra precaria situación económica me habían obligado a realizar en mi alimentación, acabaron en un desarreglo digestivo tan intenso, que los dos médicos a los que me llevó mi madre tan pronto llegué a Estella opinaban que de ninguna manera volviera para estudiar el segundo curso en las mismas condiciones.
Así pues, no hubo más remedio que permanecer en Estella a lo largo de todo el curso siguiente tratando de mejorar mi dolencia, y ocupando mi tiempo en lo que buenamente podía con objeto de no caer en una grave inanición.
Allá por el mes de abril, mi buen amigo, Javier Echeverría, me comunicó la noticia de que los que teníamos el bachiller completo, con Reválida, podíamos obtener el título de “Maestro Nacional” a través de un examen de 10 asignaturas características de tal profesión. Y me proponía que nos presentáramos como aspirantes. Yo lo dudé, pero teniendo en cuenta la oscuridad que veía en mi porvenir a causa de la enfermedad, consideré que nada me estorbaba esta titulación si es que podía conseguirla.
Se nos plantearon inmediatamente dos dudas fundamentales. La primera era que ambos compartíamos el mismo padecimiento en nuestra economía y era preciso hacerse con los libros necesarios. La segunda se concretaba en que el decreto anunciador de aquella posibilidad había salido en octubre, estábamos en abril, y los exámenes se celebraban en junio. Para conseguir los  indispensables libros se nos ocurrió solicitar ayuda a dos amigas estellesas que habían cursado con éxito estos estudios: María Cruz Eguaras y Celia Mauleón. Ambas, con gran amabilidad, nos prestaron todos en partida doble salvo la “Historia de la pedagogía” del que no conseguimos más que un ejemplar. Ello no fue obstáculo insalvable porque Javier y yo acordamos que cada uno dispondría del mismo tres días  a la semana y todo era cuestión de echarle un mayor tiempo de estudio que a los demás. Así pues, ya teníamos resuelto el primer problema. El segundo, claro, ya era cosa nuestra. El tiempo era corto, pero, decididamente,  los dos aceptamos el reto.
Sin embargo, no todo era cuestión de estudio, porque una de las asignaturas que deberíamos preparar se denominaba “Prácticas escolares” y, por lo que nos decían las que había pasado la prueba, ésta consistía en la explicación de un tema determinado a un conjunto de niños que simulaban una clase en el examen. Como preparación a estos efectos deberíamos, previamente, asistir a una escuela oficial y compartir las tareas con el Maestro correspondiente.
Con objeto de poder cumplir esta disposición, acudí a mi buen amigo, Andrés Arguiñáriz, que regía la escuelita de Arbeiza y que se ofreció a acogerme todo el tiempo que deseara para analizar el desarrollo de sus enseñanzas.
Para mí, ajeno por completo a las labores del magisterio rural, aquella etapa resultó un paréntesis extraordinariamente curioso y divertido de mi vida. Como en aquellos tiempos, la propiedad de un automóvil se hallaba a infinita distancia de nuestras posibilidades –y de las de mucha gente -, Andrés y yo hacíamos los trayectos hasta Arbeiza en nuestras indispensables bicicletas. Andrés vivía en el cogollo del Estella viejo, mientras nuestra residencia se hallaba en la Plaza de Santiago. Así pues, hacia las ocho y media de la mañana, yo lo esperaba ya preparado en la puerta de mi casa, y ambos, emparejados, emprendíamos una sugestiva marcha hacia Arbeiza embebidos en las delicias del  candor de la mañana, y disfrutando de la infinita pureza del aire y de la paz que imperaba en el ambiente.
Había entrado ya el mes de mayo y la primavera dejaba ver sus encantos por todos los rincones. Los campos se engalanaban llenos de promesas, y las flores silvestres dejaban adivinar su presencia anegando el aire con sus mejores aromas. A lo largo de nuestro camino reinaba un profundo silencio, sólo embellecido por el canto de los pájaros mañaneros, y la andadura, ligera pero sin urgencias ni apremios, nos producía aquel gozoso regalo de energías que siempre sentíamos en nuestra juventud.
En el trayecto, de vez en cuando, nos cruzábamos con alguna tardana lechera que llevaba su mercancía a Estella; en general, las lecheras eran gente muy madrugadora que solíamos encontrar con sus borriquillos en las salidas tempraneras de nuestras excursiones.
Al llegar a la altura de Zubielqui, tomábamos a la izquierda la derivación que lleva hasta Arbeiza; cruzábamos, siempre con sumo cuidado, la vía del ferrocarril, que tenía su indicación de “Paso sin guarda”, e inmediatamente, después de una ligera cuesta arriba, alcanzábamos la puerta de la escuela en la que ya esperaban todos los niños y niñas que acudían a ella. Hoy, empleando ese estulto adjetivo que nuestros políticos emplean tan profusamente sin saber para qué, diríamos que era una institución “progresista”; porque la escuelita era mixta. Entonces, ni se nos ocurría pensar si la enseñanza era mejor con la separación de sexos o lo era compartiendo ambos los estudios sin mayor problema. Y, por supuesto, era impensable que en tantos pequeños núcleos de población hubiera dos escuelas para independizar los sexos. La triste realidad es que, hoy, creo que resultaría sorprendente que, en un pueblo tan pequeño, hubiera tanto como 20 o 25 niños y niñas, que es la cifra que yo conservo en la mente rememorando los que nos esperaban.
El recinto de clase se hallaba a pie de calle, no era preciso subir escaleras. Andrés abría la puerta y los niños entraban sin apresuramientos, con toda tranquilidad. La estancia no era muy espaciosa, pero sí suficiente para que cada alumno disfrutara de su pupitre. Tenía un gran ventanal al exterior que aportaba la claridad necesaria para todo lo que allí se hacía. Una estufa de leña, que ya no se encendía en la época de mis pasajeras estancias, supongo que aportaría el calor necesario para conseguir un ambiente aceptable a lo largo de las durezas invernales de aquellos tiempos.
Los alumnos pequeños disponían de la clásica pizarra y del pizarrín correspondiente, mientras que los mayores manejaban ya cuadernos, lápices y hasta pluma y tintero, éste situado en la parte delantera de cada pupitre.  En las paredes lucían los mapas de España y del mundo; el de España estaba duplicado: uno mostraba los accidentes de montes y ríos y el otro la distribución de las provincias y sus capitales. Y como era indispensable, en una pared se hallaba la pizarra grande, con sus tizas blancas y el generoso trozo de manta vieja para efectuar los borrados. Y también había un pequeño armario de madera, en el que Andrés guardaba algunos libros y materiales necesarios para la enseñanza.
Como comienzo de las actividades, todos de pie, con toda naturalidad, se rezaba un Ave María. Hoy, al hilo de la moda, se diría que se contravenía la libertad religiosa, pero allí no había ningún problema; todos los alumnos eran católicos.
Para mí, todo era nuevo. Claro que había estado asistiendo a clases desde los cuatro años, pero nada tenían que ver con aquello, porque en mi enseñanza siempre me había encontrado solo con niños y, además, todos del mismo nivel de conocimientos. Es cierto, como ya he dicho, que no se me ocurría que la mezcla de sexos planteara dificultad alguna, pero no dejaba de intrigarme cómo era posible organizar la enseñanza en un conjunto de edades que iban desde los cuatro o cinco años hasta los 14.
Sin embargo, qué bien y qué sencillamente tenía Andrés distribuido su tiempo para cada nivel. No puedo explicar aquí cómo lo conseguía, pero allí no había confusiones, ni pérdidas de tiempo; todos estaban ocupados permanentemente y la enseñanza discurría sin prisas, casi con familiaridad, pero con una gran eficacia.
Un ejercicio que me resultaba muy curioso era lo que llamaban “cálculo mental”, que se hacía con los ya mayorcitos. Andrés colocaba a los participantes en un círculo en cuyo centro se situaba él e iba preguntando a cada uno el resultado de cálculos que para mí presentaban una gran dificultad: 35 más 17, 42 menos 29, y cosas parecidas. Me sorprendía el acierto con que respondían los niños. Y no puedo olvidar algo que me llamaba mucho la atención, porque, entre los alumnos, había un niño ciego, totalmente ciego, y era quien jamás erraba en aquel intrincado y difícil cálculo. Recuerdo que se apellidaba Arzoz , y cuando en el año 1950, - unos siete años más tarde -, me tocó desarrollar mi trabajo de ingeniería en Pamplona, encontré aquel niño, ya en plena juventud, vendiendo los cupones de la “ONCE” en la Plaza del Castillo; se situaba en el lado de las escalerillas de la “Bajada de Javier”, hablé con él unas cuantas veces, rememoramos los tiempos de la escuela y comprobé que recordaba a su maestro, Don Andrés, con un inmenso cariño.
A media mañana se hacía el descanso del recreo, que no necesitaba de patios porque todo el pueblo, con su envidiable sosiego, era el mejor patio en que podrían disfrutar los niños. En el recreo se jugaba a todo lo que se conocía entonces. En general, muchos niños se inclinaban por la pelota en el pequeño frontón que se encontraba  cercano a la escuela, unas niñas saltaban a la comba y había también un grupo mixto que prefería el irulario. Supongo que si hoy se pregunta a cualquier niño, - de ordenador, consola y móvil -, cómo se jugaba al irulario se nos quedaría mirando en silencio como si le habláramos de algo tremendamente complicado. Pero hay que ver la destreza que mostraban los niños de Arbeiza en los avatares de aquel viejo juego.
No voy a explicar ahora con detalle todas las reglas que gobernaban su desarrollo, pero diré cuáles eran los elementos necesarios para su disfrute. El principal era un palito como de un centímetro y medio de diámetro y unos 15 de longitud; estaba apuntado en sus dos extremos con dos alargadas formas cónicas. El otro componente necesario era una paleta de madera, parecida, en su tamaño y forma, a las del ping-pong. El juego consistía en lo siguiente: El palito se situaba en el centro de una circunferencia que se trazaba en el suelo. Después, con el borde, o canto, de la paleta se golpeaba en cualquiera de los extremos cónicos del palito, y éste salía volando en sentido vertical; entonces había que aprovechar su vuelo para golpearlo con la paleta y lanzarlo a la máxima distancia posible. El contrincante debía tratar de devolver el palo hasta la circunferencia lanzándolo a brazo, por lo cual era importante que el primer golpeador consiguiera colocarlo lo más lejos posible. Pues bien, en este primer cometido del lanzamiento, destacaba una niña que poseía una habilidad que nadie conseguía superar. Su nombre, si no me equivoco, era Inés Asarta;  creo que hubiera podido ser una excelente deportista, pero ignoro totalmente la vida que llevó.
Hoy, rememorando aquellos lejanos tiempos, se me plantean algunas preguntas: ¿Se divertían menos aquellos niños, con los sencillos juegos de entonces, que los actuales con todos sus artilugios tecnológicos? ¿Eran más o menos sanos para su naturaleza que los sedentarios de hoy? ¿Era más conveniente acudir a la escuela en su propio pueblo o hacerlo, como ahora, desplazándose, todos los días, hasta la concentración escolar de Estella? ¿Consiguen, los niños actuales, un nivel de aprendizaje superior al que lograban los niños de maestro único para todas las asignaturas?
Soy consciente, como ya he dicho, de que hoy, en Arbeiza, no sería posible mantener una escuela en aquellas condiciones porque, con toda seguridad, no habrá un número de niños para justificarla. Pero yo, en principio, no dejo de lamentar la situación actual que, en conjunto, la creo más desfavorable no solo para el aprovechamiento escolar, sino también para la propia comodidad de los niños y la tranquilidad de sus familiares.
Andrés, no sé exactamente las razones, se trasladó a Barcelona para seguir impartiendo su enseñanza. Y hace aproximadamente unos diez años, en nuestra reglamentaria visita veraniega a Estella, se me dio la triste noticia de su muerte. Para él guardo un recuerdo lleno de gratitud y afecto, que lo extiendo a todos aquellos sufridos  maestros rurales, que se veían forzados a acudir a los pueblos con sus bicicletas o sus ciclomotores, con frío o con calor, para impartir su valiosa enseñanza en unas condiciones que hoy consideraríamos de inaceptable penuria.
De los que yo llegué a conocer ejerciendo en Estella recuerdo a Don Edilberto Onieva, Doña Felisa Aldaz, Doña Margarita Beruete, Don Antonio Garayoa, Don Eulalio Armendáriz, y muchos otros que debería citar y de los cuales, aunque conservo su imagen en la mente, no sucede así con sus nombres.
Aunque a nosotros no nos parecía fácil creerlo, Javier y yo aprobamos la convocatoria sin ningún problema, e incluso obtuvimos algunas calificaciones que podríamos llamar “brillantes”.
Mi vida laboral ha terminado hace muchos años. La ingeniería me ha proporcionado numerosas satisfacciones, y el trabajo, con sus considerables variantes, me ha resultado placentero y lleno de interés. Doy por muy bien empleados los esfuerzos que hubo que realizar para llegar a la meta, y sobre todo, mantengo siempre un cupo de inmensa gratitud para mi madre, sin cuya sacrificada ayuda nada hubiera podido yo hacer.
¿Cómo hubiera sido mi vida en el ámbito del Magisterio? La verdad es que, más de una vez, he pensado en ello y creo que no me hubiese costado mucho adaptarme a una escuela rural en la montaña de Navarra. Yo no tenía grandes aspiraciones de encumbramientos y en el campo me sentía perfectamente acomodado. Sin embargo, como ya lo he dicho en otras ocasiones, me resulta reconfortante la consideración de haber desarrollado en mi vida todos los sueños que mi pobre padre no pudo llevar a cabo y que, por ello, los deseaba para mí. Doy gracias a Dios por todo.


Joaquín Mª Boneta Senosiáin, 96 años, maestro en la Escuela Rural de Arbeiza en el año 1943 y autor del libro "Recuerdos estelleses" (1981).

lunes, 13 de octubre de 2014

Visita virtual a la Iglesia de San Martín de Arbeiza

Roberto Sanz de Estudio Visiona ha realizado una visita virtual de la Iglesia de San Martín de Arbeiza, en la que se pueden ver las pinturas de las paredes y columnas que se han recuperado.
Aquí tenéis el enlace. ¡Que lo disfrutéis!

viernes, 4 de abril de 2014

Conferencia sobre la historia de Arbeiza

Mañana sábado día 5 de abril a las 19:00 en el Centro Cultural CASA USUA Kultur etxea, tendrá lugar una conferencia sobre la "Historia de Arbeiza", con Carmelo San Martín Gil como ponente. Una buena oportunidad para conocer más detalles sobre la historia de nuestro pueblo.
Relacionado con este tema podéis leer el artículo publicado en este blog, "Arbeiza en la Historia". Además, sobre Carmelo San Martín Gil, podéis leer también su blog "Vírgen de los Conjuros de Arbeiza" y en el blog "Historias de Tierra Estella".

miércoles, 16 de octubre de 2013

Toponimia de Arbeiza

Mikel Belasko (Pamplona, 1967) es etnolingüista e investigador de la toponimia en Navarra, entre las muchas facetas de su actividad profesional. Uno de sus libros es el Diccionario etimológico de los nombres de los pueblos, villas y ciudades de Navarra. Apellidos navarros. Editorial Pamiela, Pamplona, 1996. 2ª ed, 1999. ISBN 978-84-7681-3021-0. De este libro y de su blog extraemos lo que resulta de su investigación sobre el término de Arbeiza:
Significado. Dudoso.
Comentario lingüístico. El nombre parece compuesto por el sufijo -iz(a), pero su primer elemento no resulta claro. De tratarse de arbi "nabo", el significado sería 'nabal', lo mismo que otras localidades navarras como Arbizu y Napal. Pero en este caso la e resulta difícil de explicar, ya que se esperaría Arbiza. El único camino que lo explicaría sería una disimilación vocálica, esto es, el cambio consistente en que una vocal cambia de timbre para diferenciarse de otra vocal cercana y no asimilarse a ella. Así Arbi + iza > Arbiiza > Arbeiza. Proponer Arbe (de (h)arri + be(he) 'debajo', 'suelo') como primer elemento no nos daría problemas fonéticos pero sí semánticos, ya queArbe no es una palabra común y sólo consta su uso como topónimo. Salaberri, sin embargo, prefiere explicarlo a partir de esta voz 'lugar pedregoso'.
Traducciones curiosas y explicaciones populares. No faltan sorprendentes traducciones en los libros de apellidos: 'pizarra y juncos', `henar'.
Documentación antigua. Arbeiça, Arbeyça (1097,NEN); Arbeiza (1035, NEN).


domingo, 13 de octubre de 2013

Arbeiza en la Historia

La primera vez, que se tiene constancia, que aparece el nombre del pueblo o villa de Arbeiza, es en una carta testamentaria de Sancho Garcés III el Mayor, rey de Pamplona (que murió el 18 de octubre de 1035) a su hijo Ramiro I, rey de Aragón. En el mismo pergamino, Ramiro I le escribe a su hermano García Sánchez III, rey de Pamplona, apodado el de Nájera. Estos textos se escribieron entre los meses de enero y septiembre de 1035.
La traducción que aquí presentamos (que se aproxima al máximo al texto latino, a pesar de los errores de concordancia) es de A. Ubieto Arteta, Cartulario de San Juan de la Peña, vol. I, Valencia, 1962, n 66. El original procede del Archivo Histórico Nacional de Madrid, sección Clero, carp«. 697, n 2.


"Hecha la carta de donación por la que yo, Sancho, por la gracia de Dios rey, doy de mi tierra a tí, mi hijo Ramiro, desde Matidero hasta Vadoluengo en toda su integridad. Te doy toda la tierra para que la tengas, la hayas y la poseas por todos los siglos, excepto Loarre y Samitier, con todas sus villas, que los debe tener mi hijo Gonzalo, y Ruesta con todas sus villas y Petilla, que las debe tener mi hijo García.
En la parte de Vadoluengo, te doy Aibar y Gallipienzo, con todas sus villas, y Leache con Sabaiza y Estelava y con todas sus pertenencias, y Allo con Aztobieta y Arboniés y Burutain con sus villas y Arazuri con sus villas, Sarrigurren e Ibero con sus villas, Tabar, Olaz y Echarri con sus villas, y Amillano con sus villas, y Arbeiza con sus villas; en Berrueza, Legeria y Daroca, Baños y Soto Malo; y en Castilla, Rubena. Todo esto te lo doy en toda su integridad, tanto lo poblado como lo despoblado, con la ayuda de Dios, amén"

"Por ello, yo, Ramiro, de la prole del rey Sancho, te juro a ti, mi hermano don García, por Dios Padre omnipotente, por la santa Virgen y por los ángeles, arcángeles, los doce apóstoles, los mártires y los confesores y por todos los santos de Dios, que de esta hora en adelante no requeriré más tierra de tu parte, excepto ésta que mi padre me da y que se halla escrita arriba, y que no levantaré contra ti engaño ni desorden para quitarte tu tierra, ni en paz ni en guerra injusta, ni con moros ni con cristianos. Por el contrario, si alguno audazmente incurriese en la arrogancia de resistirse o enfrentarse contra ti, con todo mi poder lucharé contra él y seré su enemigo"

Lo curioso de esta historia es que Ramiro I faltó a su juramento. Se cree que esta situación de sentirse minusvalorado por su padre fue la que llevó a Ramiro a plantar batalla a su hermano García por el dominio del Reino que él creía que por derecho debía ser suyo. Por esto, se alió con el Emir de Zaragoza para atacar el Reino de Pamplona, en la Batalla de Tafalla. Hubo una victoria indiscutible de los pamploneses haciendo que Ramiro I de Aragón se tuviera que retirar apresuradamente del campo de batalla perdiendo incluso su caballo.